Lejos del aparapita de Jaime Sáenz y del k’epiri de Víctor Hugo Viscarra, en este libro, Julio Cesar Mita se sumerge en la cotidianidad del transportista de carga manual que trabaja en la Feria de Villa Dolores de la ciudad de El Alto. Desde el overol verde en el que los minitransportistas lucen con orgullo la insignia de una organización sindical, la cual agrupa a ese gremio laboral, Mita  deshilvana los remiendos que cubren a los personajes creados, desde sus propias perspectivas, por los citados autores bolivianos. También nos habla de hombres de carne y hueso que no solo llevan sobre sus espaldas pesadas cargas ajenas, sino que imprimen cada día y con mucho esfuerzo sus aspiraciones de progreso.

En la obra Artesanos del transporte en El Alto. De q’ipiris a minitransportistas, el autor nos propone “una inmersión sin tanque de oxígeno” a ese mundo para muchos subterráneo y marginal, pero que para sus protagonistas tiene la claridad de todas sus madrugadas, esas que les prometen más ganancias mientras más temprano comiencen a ponerle el hombro –entiéndase de manera literal– al trabajo.